Orgullo y Prejuicio: La Mirada Más Honesta que el Cine le Ha Dado a Jane Austen
La Inglaterra de principios del siglo XIX no era el lugar idílico de las tardes de té y los jardines perfectamente podados que el cine de época ha tendido a vendernos. Era un mundo donde el destino de una mujer dependía casi enteramente de con quién se casara, donde la diferencia entre una vida digna y la ruina podía reducirse a un apellido, y donde el amor romántico —si es que llegaba— debía abrirse paso a través de una selva de convenciones sociales, orgullo mal gestionado y prejuicios cultivados con esmero. La adaptación que Joe Wright realizó en 2005 de la novela de Jane Austen lo recuerda en cada fotograma. Y es precisamente por eso que resulta tan extraordinaria.
El Barro como Declaración de Principios
La primera decisión que distingue a esta versión de cualquier adaptación anterior es también la más elocuente: Lizzy Bennet camina descalza por la hierba húmeda, la casa familiar es ruidosa y caótica, los vestidos tienen arrugas y los espacios huelen, casi literalmente, a vida real. Joe Wright y su director de fotografía Roman Osin optan desde el primer instante por una estética que prioriza la textura sobre la perfección, la incomodidad sobre el decorado. No estamos ante una postal de la Regencia inglesa sino ante un mundo físico, tangible y socialmente asfixiante.
Esta decisión no es un capricho estético: es una toma de posición narrativa. Al mostrar la precariedad real de la familia Bennet —cinco hijas sin fortuna, una madre ansiosa, un padre cínico y resignado—, Wright convierte el matrimonio no en un asunto romántico sino en una cuestión de supervivencia. Lo que en otras adaptaciones puede parecer una comedia de enredos sentimentales adquiere aquí una urgencia que Austen nunca abandonó en su prosa.
Keira Knightley y la Lizzy que Austen Habría Reconocido
La actuación de Keira Knightley fue criticada por algunos sectores del austinismo más ortodoxo, pero es difícil imaginar una Lizzy Bennet más viva, más contradictoria y más humana. Su inteligencia no es un adorno: es un arma, y a veces un escudo. Su orgullo no es simpático: es a ratos irritante y siempre reconocible. Exactamente como lo era en la página.
Un Plano Secuencia que Vale un Capítulo Entero
Uno de los momentos más celebrados de la película es la secuencia del baile en Netherfield, filmada en un único y sinuoso plano que sigue a los personajes a través de las distintas estancias de la mansión. En esos pocos minutos, Wright consigue hacer visible lo que Austen describe a lo largo de varios capítulos: la tensión entre Lizzy y Darcy, la frivolidad de un mundo que los rodea sin comprenderlos, la atracción que ninguno de los dos está dispuesto todavía a reconocer. La cámara se convierte en conciencia narrativa, y el movimiento fluido contrasta con la rigidez de las convenciones que los personajes intentan navegar.
Matthew Macfadyen compone un Darcy radicalmente distinto al de Colin Firth en la célebre miniserie de la BBC, y la comparación resulta injusta para ambos porque parten de concepciones diferentes del personaje. El Darcy de Macfadyen es más introvertido, más torpe socialmente, más genuinamente herido. No es el aristócrata seguro de sí mismo que aprende a bajar la guardia, sino alguien que ya desde el principio parece estar sufriendo una incomodidad que no sabe gestionar. Es una interpretación que exige más generosidad por parte del espectador, y que se recompensa con creces en el último acto.
La Música como Latido Emocional
La banda sonora de Dario Marianelli —el mismo compositor que después haría la de Atonement junto a Wright— es uno de los grandes aciertos de la película. El piano ocupa el centro de una partitura que funciona como equivalente musical de la prosa de Austen: elegante en la superficie, agitada por debajo. Hay momentos en los que la música parece respirar al ritmo de los personajes, anticipando lo que ellos todavía no se han dicho y acentuando el contraste entre lo que se muestra y lo que se siente.
La fotografía de Roman Osin aprovecha la luz natural con una maestría que dota a cada escena de una temporalidad concreta: el amanecer brumoso en el que Darcy confiesa su amor por primera vez, la hora dorada de los campos abiertos en los que Lizzy pasea su turbación, la oscuridad cálida de las velas en los interiores nocturnos. Cada momento del día tiene su equivalente emocional, y la película los usa con una precisión que rara vez se ve en el cine de época.
Orgullo y Prejuicio es, a fin de cuentas, una película sobre el coste de tener criterio propio en un mundo que premia la conformidad. Sobre lo difícil que es ver a alguien con claridad cuando el orgullo enturbia la mirada. Y sobre la gracia particular de equivocarse y ser lo suficientemente honesto como para admitirlo. Austen no podría haber pedido mejor intérprete en celuloide.
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