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La La Land: El Sueño, el Amor y el Precio de Elegir

Cine estadounidense
Moncho
Feb 11, 2026 5 min read
Portada de La La Land: El Sueño, el Amor y el Precio de Elegir

Los Ángeles. Una ciudad construida sobre el mito de que los sueños se hacen realidad si uno los desea con suficiente intensidad. Mia es actriz —o quiere serlo— y encadena audiciones fallidas mientras trabaja en una cafetería dentro de un estudio de cine. Sebastian es pianista de jazz, obstinado defensor de un género que siente en peligro de extinción, condenado a tocar versiones navideñas en bares que no lo escuchan. Dos soñadores que chocan, se reencuentran, se enamoran y se empujan mutuamente hacia sus ambiciones. La La Land es la historia de lo que ocurre cuando los sueños se cumplen, y de lo que se pierde en el camino.

Un Musical que Habla de los Musicales

Damien Chazelle construye La La Land (2016) como un homenaje consciente y apasionado al musical clásico de Hollywood, el de Minnelli, Donen y Kelly, y al mismo tiempo lo interroga desde adentro. La película adopta sus convenciones —la ruptura espontánea en canción, la coreografía como expresión emocional, los colores saturados como estado de ánimo— pero las usa para contar una historia que aquellos musicales nunca se habrían atrevido a contar: una en la que el amor romántico y la realización personal no son fuerzas complementarias sino, en ocasiones, irreconciliables.

El Jazz como Filosofía

El jazz no es solo el género musical favorito de Sebastian: es la metáfora central del filme. Una forma de arte que vive en la tensión entre la tradición y la improvisación, entre la pureza y la supervivencia comercial. La misma tensión que atraviesa a todos sus personajes y, en última instancia, a la película entera.

La Paleta como Emoción

Pocos filmes recientes han utilizado el color con tanta deliberación narrativa. El director de fotografía Linus Sandgren diseña una paleta que evoluciona junto a la historia: los primeros encuentros de Mia y Sebastian están bañados en azules nocturnos y amarillos cálidos propios del sueño; a medida que la realidad se impone, los colores se vuelven más cotidianos, menos mágicos. No es un truco decorativo sino una estrategia narrativa: el color nos dice, antes que las palabras, en qué momento de la historia emocional se encuentran los personajes.

La secuencia de apertura —un número coral en una autopista atascada de Los Ángeles, rodado en un único plano de varios minutos— establece de inmediato las reglas del juego: esto es cine que aspira a la euforia, pero que sabe perfectamente que la euforia es efímera. Ryan Gosling y Emma Stone sostienen la película con una química que funciona precisamente porque no es perfecta; sus personajes se quieren y se irritan, se inspiran y se frustran, exactamente como ocurre en las relaciones reales.

El Final que lo Cambia Todo

Sin revelar sus detalles, el desenlace de La La Land es uno de los más valientes del cine comercial reciente. Chazelle opta por la honestidad emocional sobre la satisfacción del público, y en ese gesto transforma lo que podría haber sido una fantasía escapista en algo mucho más duradero: una reflexión sobre las elecciones que nos definen, sobre los caminos no tomados y sobre la forma en que las personas que amamos nos convierten en quienes necesitábamos ser, aunque ya no estén cuando llegamos ahí.

La La Land ganó seis Premios Óscar, incluyendo Mejor Director para Chazelle, que se convirtió en el más joven en obtener ese galardón. Pero su valor no reside en los premios sino en su capacidad de provocar, en el mismo instante, una sonrisa y un nudo en el estómago.

Fuente: Redacción

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