El Laberinto del Fauno: La Fantasía como Último Refugio ante el Horror
España, 1944. La guerra civil ha terminado, pero para muchos el horror apenas comienza. Ofelia, una niña de once años devoradora de cuentos de hadas, viaja con su madre embarazada al puesto militar donde manda el capitán Vidal, su nuevo padrastro: un hombre frío, metódico y cruel que encarna con precisión quirúrgica la maquinaria del fascismo. En ese lugar inhóspito, rodeada de violencia real y de adultos que han perdido toda capacidad de asombro, Ofelia descubre un laberinto antiguo habitado por un fauno que le revela su verdadera identidad: es la princesa de un reino subterráneo, y debe superar tres pruebas para regresar a él. El laberinto del fauno es la historia de esa doble vida. Y de la pregunta que la atraviesa de principio a fin: ¿cuál de los dos mundos es real?
Dos Mundos, Una Sola Herida
Guillermo del Toro construye El laberinto del fauno (2006) sobre una dualidad visual y narrativa rigurosa. El mundo real de la posguerra española está fotografiado en tonos fríos, verdes y grises, con una luz dura que no perdona ni embellece. El mundo fantástico de Ofelia, en cambio, vive en ocres, dorados y rojos profundos, una paleta cálida que paradójicamente alberga criaturas tan inquietantes como el Hombre Pálido, uno de los monstruos más memorables de la historia del cine de terror. Del Toro invierte la lógica habitual: el mundo real es el verdaderamente aterrador, y la fantasía, aunque peligrosa, es el único lugar donde la justicia y el significado todavía existen.
La Gran Pregunta del Filme
Del Toro nunca confirma ni desmiente si el mundo fantástico de Ofelia existe objetivamente o es una construcción de su mente para sobrevivir al trauma. Esa ambigüedad no es un defecto sino el núcleo filosófico de la película: la realidad de un mundo imaginado depende de si tiene el poder de transformar el mundo real.
El Fascismo como Monstruo Verdadero
El capitán Vidal, interpretado por Sergi López con una frialdad que hiela la sangre, no es un villano de cuento de hadas: es algo mucho más perturbador. Es un hombre completamente humano cuya crueldad nace de la ideología, del orden, de la convicción de que el poder justifica cualquier medio. Del Toro lo presenta sin psicologismos redentores ni matices que suavicen su monstruosidad, y en ese gesto hace algo políticamente valioso: recuerda que los peores horrores de la historia no los cometieron seres excepcionales sino personas perfectamente ordinarias convencidas de estar en el lado correcto.
Frente a él, Ofelia encarna una forma de resistencia que el cine rara vez celebra: la resistencia a través de la imaginación, de la negativa a aceptar que el mundo tal como es constituye el único mundo posible. Sus pruebas en el laberinto no son escapismo sino, paradójicamente, la única forma de acción que le queda disponible.
Artesanía al Servicio del Asombro
La criatura del fauno y el Hombre Pálido fueron diseñadas y encarnadas por Doug Jones con un trabajo físico de una expresividad extraordinaria. La banda sonora de Javier Navarrete, construida alrededor de una nana que regresa como leit motiv a lo largo del filme, es uno de los trabajos más emotivos de la música de cine de los últimos veinte años. La dirección de arte, el vestuario y los efectos prácticos —Del Toro siempre ha preferido lo táctil a lo digital— dotan al mundo fantástico de una textura física que lo hace tangible y, por tanto, creíble.
El laberinto del fauno ganó tres Premios Óscar y es, a día de hoy, una de las películas en lengua no inglesa más valoradas de su generación. Su grandeza reside en haber creado un cuento de hadas que no miente a los niños ni condesciente con los adultos, sino que habla a ambos de lo mismo: de la necesidad urgente e irrenunciable de creer en algo.
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